Acosadas

Acosadas

Por: Ivan Sandoval


Diariamente miles de colegialas ecuatorianas son acosadas de diversas maneras en nuestras ciudades. Ellas son el grupo más vulnerable ante una condición vivida por las mujeres ecuatorianas desde siempre. El transporte urbano es probablemente el lugar preferido por los perpetradores, para tocar, apretar, exhibirse y mirar a las adolescentes, quienes lo soportan aterrorizadas, enmudecidas y paralizadas; muchas de ellas no tienen dinero para bajar y tomar otro bus. En otros espacios, el acoso es más sutil y el abusador lo disfraza de galantería; cualquier lugar es propicio para abordar a una mujer sola, porque la rupestre filosofía del baboso le sugiere que toda mujer que sale a la calle sin compañía es “porque quiere algo”.


El fenómeno es viejo y su ocurrencia cotidiana nos ha llevado a banalizarlo, a “folclorizarlo”, a incluirlo en la extensa lista de los “así mismo es” nacionales, junto con la “hora ecuatoriana”, la suspensión inexplicada de un vuelo, el “no hay sistema” del banco y otras ofensas que sufrimos en nombre del costumbrismo. El carácter ambiguo y resbaladizo del acto no permite solicitar acción policial inmediata. Esto lo saben perfectamente todas las mujeres, empezando por aquellas que lo sufrieron cuando el “colectivo” costaba un sucre, y que ahora entienden la humillación que eventualmente viven sus nietas; solo las favorecidas por la fortuna desconocen la experiencia, por no haber subido jamás a un bus. Los hombres también lo saben: los canallas, los que prefieren mirar a otro lado y los que jamás se enteraron de nada, que son los peores de todos.


Muchos se sorprenderán si afirmamos que esto constituye casi siempre un verdadero acto perverso, pues estamos acostumbrados a ligar la perversión con la criminalidad, con las preferencias sexuales diferentes o con la depravación moral, es decir, con todo aquello que no camina durante el día por las calles y que solo aparece en la crónica roja. Un acto perverso no es necesariamente aquello; más frecuentemente es una situación en la que un sujeto, prevalido de poder, fuerza, dinero, engaño o machismo, obliga a otra persona a soportar sus deseos y a sentirse degradada y ensuciada por su participación impotente en ese acto. Ello explica el que habitualmente la víctima, sobre todo si es alguien muy joven como una colegiala, se sienta amordazada e inmovilizada, igual que los niños cuando sufren abuso sexual. La imposibilidad de denunciarlo y la sensación inexplicable de culpa en la víctima, completan el circuito perverso.


Nada menos “sexual” que el acoso sexual, pues en esta modalidad de acto perverso el agresor no se ubica como sujeto sexuado sino como agente de un poder. Reducirlo a una problemática de género es paradójicamente conceder una salida para que los hombres no se sientan concernidos por el tema. No se trata solamente de alentar la solidaridad entre mujeres y de cuestionar lo que Robert Connell llama “la complicidad entre hombres”.


Cualquier fenómeno social como este, que coarta la libertad de acciones y movimientos de cualquier segmento de la población ecuatoriana, nos concierne a todos, es inconstitucional y perverso. Invito a todos los lectores a la acción civil y a la creación de propuestas para modificar este taimado pero intolerable abuso cotidiano.


(Tomado de la version digital de diario “El Universo”)